La guerra de Inés

Esta extensa novela tanscurre durante todo el periodo de la II República española (1931-1936). Los personajes conductores de la acción son Andrés, un pastor forzadoo al sacerdocio, e Inés, una campesina que desea educarse para sentirse respetada. Novios en su adolescencia, la guerra civil alterará todas sus ilusiones y proyectos. Ella se afilará a las Juventudes Socialistas, mientras que él proseguirá su formación sacerdotal, y tendrán que enfrentarse a sus violentas consecuencias.


PRIMERAS PÁGINAS


Introducción


Una breve introducción para situar al lector


En 1931 España era un puzzle que nadíe sabía como completar. Una historia llena de desaciertos por parte de monarcas irresponsables, por lo general extranjeros, era la principal causa de esta fragmentación.

Algúnos políticos con visión de futuro pensaron que había llegado la hora de afrontar la “regeneración” de las bases políticas, económicas, sociales y religiosas del país, porque de otra manera España quedaría definitivamente marginada de la Europa de la democracia y del Estado social y de Derecho.

Para conseguir este ambicioso propósito había que desplazar a la monarquía y reemplazarla por una República moderna y democrática. Pero dada la fuerte reacción de los tradicionalistas, esto solo se lograría con un gran “Frente popular” de centro-izquierdas. Pero cuando un frente político gana unas elecciones, cada partido quiere recoger el fruto de su participación en el triunfo.

La proclamación de la República se convirtió en la oportunidad de realizar su idea de lo que debería ser España, y la mayoría optó por la revolución para imponer un modelo anarquista, criterio que no coincidía con los republicanos moderados de la coalición, y ya desde el primer día de su proclamación se entabló una sórdida “guerra interna” que debilitaría la capacidad de la República para defenderse de sus agresores y detractores y que acabaron con su inevitable derrota.

El otro bando contraatacó en las urnas formando otra coalición, el “Frente nacional”, en el que también eran mayoría los que concebían una España tradicionalista y conservadora, para lo que también ellos consideraban necesario la anulación de la monarquía e instaurar un régimen autoritario y dictatorial, guiados por un jefe carismático y con total autoridad. Tampoco en este bando los moderados podían ver realizado un proyecto social de fundamento liberal y capitalista.

La guerra civil era inevitable para derimir quienes impondrían sus ideas. Pero fueron los militares los que impusieron las suyas: orden, disciplina, obediencia y aislamiento, para evitar las malas influencias de una Europa que, según ellos, estaba aducida por intelectuales judíos y masones, causantes de todos sus males.

España fue durante 40 decisivos años un cuartel, sin ideas políticas, económicas o sociales homologables con los regímenes de Europa tras el final de la II Guerra mundial.

Los personajes de este libro de historia novelada, que no una novela histórica, son los representantes protagonistas de las diversas opciones de esta época.

- Inés Valiente representa a los miles de españoles víctimas colaterales de la guerra. Ella solo deseaba un país donde estuviera asegurada la felicidad para quienes la merecen.

- Su hermano mayor, Juan, la izquierda moderada del PSOE, y sus dos hermanos menores, Benjamín y Damián, las propuestas revolucionarias de la CNT-FAI y de ottas organizaciones políticas de ideología libertaria.

- Andrés es el personaje central del libro que se encuentra en el centro del huracán político, y que intenta inútilmente dialogar con ambos bandos, y llegar a lograr el necesario consenso que hubiera evitado la guerra civil.

- Don Román es el representante de los que apostaban por un capitalismo radical, en el que cabe todo lo que reporte beneficios, incluido el trato con usura y la especulación.

- Su hijo, Ramonín, representa la España sujeta por las cadenas de las tradiciones, articulados por un socialismo paternalista y nacional, dirigido por un jefe carismático y autoritario.

- El obispo de la sede episcopal es la personificación de una Iglesia católica relajada de sus funciones pastorales y entregada a la defensa de sus privilegios históricos, que reaccionará con una extrema dureza, desoyendo las recomendaciones de moderación del propio Papa. Pero, al mismo tiempo, será la institución más vulnerable una vez iniciada la contienda.

Otros muchos personajes, históricos o ficticios, complementan en esta extensa narración sobre el puzzle político, social y religioso de una España que todavía no hemos logrado completar.



CAPÍTULO PRIMERO





Abril de 1931


En un día como hoy de hace sesenta años falleció en mis brazos mi amada, y siempre añorada, Inés Valiente. Apenas habían transcurrido tres meses desde el alzamiento militar que degeneró en la larga y fratricida guerra civil que puso un sangriento fin a la II República española. En 1931 Inés y yo éramos dos aldeanos adolescentes, ingenuos y analfabetos, hijos de una miserable aldea de algo más de un centenar de familias. Inés había comenzado a asistir a unas clases de alfabetización, porque sabía que aquellas primeras letras harían que se sintiera más digna y respetada. Yo, por el contrario, me sentía bien con mi rutinaria ocupación de llevar a pastar al rebaño familiar a los cerros cercanos, y no tenía ningún interés por aprender a leer y escribir. Hoy recuerdo con enorme dolor y tristeza, que fue Inés quien venció mi tozudez enseñándome ella misma a leer y escribir, y hoy he decidido mostrarle mi póstuma gratitud escribiendo este libro con mis recuerdos de una primavera republicana y un otoño fascista, en que transcurrió su corta y desdichada vida. Flor rota cuando liban en ella las abejas; cuando la primavera da paso al verano y agitan las tiernas alas las nuevas golondrinas; cuando el relente matutino se hace pronto bochorno abrasador; es decir, en lo mejor de su vida.

Mis recuerdos se remontan a los primeros días de abril de 1931, cuando «con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros», según cantara nuestro inmortal Antonio Machado, Inés subía como de costumbre por el camino hacia el pueblo mientras yo intentaba cuidar un par de docenas de tercas ovejas y una cabra imposible de dominar. Ella venía jugando con su cuaderno de escritura, garabateado por cada espacio disponible, y lo lanzaba al aire como si fuera una cometa, volviéndolo a recoger como si estuviera amaestrado. Al llegar a mi lado se reía, tal vez de mi terquedad de adolescente analfabeto, al tiempo que me miraba provocativa, ensayando esas artes de mujer que surgen de forma natural en todas las adolescentes sin que nadie se las enseñe. Al acercarse parecía como si el viento se agitara con más fuerza, las ásperas jaras parecían florecer, como si fueran madreselvas, y el canto de los monótonos chichipanes parecían ser jilgueros o ruiseñores.

Cuando estaba cerca se sonrojaba, o hacía ver que se sonrojaba, porque Inés nunca tuvo vergüenza de mí, lo que me hacía perder la entereza, como si ella fuera veinte años mayor que yo y supiera todo lo que hay que saber de la vida, mientras que yo, un mocetón de quince años, casi dieciséis, apenas si sabía de dónde venían los niños, porque había visto parir a las ovejas, no sin cierto embarazo, pues me repugnaba la placenta y la viscosidad del cordero recién nacido.

Cerca ya, en el ribazo, a cierta altura de donde estaba yo, Inés se arreglaba su tosco vestido estirando de aquí y de allí, colocándose bien las hombreras y ajustándose el delantal, como si se preparara para una actuación:

—¡Ea, Andrés, no me mires tanto que me vas a desgastar!

Lo decía sabiendo que la miraba de reojo, cuando en apariencia estaba atento a varios corderos que remontaban la ladera en busca de hierba fresca, pero yo ni los veía.

—¿No ves que la cabra se te desmadra?

Era verdad, aquella maldita cabra, que no todas las criaturas deben ser de Dios, se echaba siempre al monte y no había nada que hacer. Para un cuartillo escaso de leche que nos daba al día el trabajo de tenerla junto a las ovejas no compensaba, pero mi padre insistía en tenerla, más por nostalgia que por utilidad. Desde que murió mi pobre madre teníamos aquella cabra díscola e ingobernable como si fuera su alma que seguía en el mundo, y que sólo a ella respetaba. La compró ella misma en el mercado de ganado de Sigüenza, en el otoño del 27, porque quería que a mí no me faltara la leche, aunque fuera de cabra. «Si quieres ser un hombre de bien, y lo serás, aunque tenga que molerte a palos, tienes que beber mucha leche de cabra». Lo decía como si aquella leche fuera el ungüento de confirmar del señor obispo.

—¡Eres un pastor tonto, que no sabe ni tener firme a una cabra vieja! —me recriminaba Inés.

Pero yo sabía que desde que murió mi madre Inés me tenía afecto, pero no sólo por compasión femenina, sino que era por otras razones que mejor no quiero mencionar todavía. Pero disfrutaba martirizándome como si creyera que tenía la obligación de hacerlo. Era como si quisiera reemplazar a mi difunta madre y se propusiera la misión de espabilarme y hacer de mí un hombre de «bien» a base de rapapolvos y recriminaciones, tal y como lo dejo dicho mi pobre madre. Se detenía, metía el cuaderno en el amplio bolsillo del delantal, y me volvía a reprender.

—¿No ves que la cabra se te va al monte?

Yo la silbaba, le gritaba, le arrojaba un guijarro y trataba inútilmente de hacerla volver al rebaño, porque no quería salir en su busca y alejarme de Inés. Ella era mi única alegría en el mundo y esperaba ese momento, cuando regresaba de la escuela, como se espera el sol tras una fría noche de helada. Todo a mi alrededor era silencio y desconsuelo. Mi padre no volvió a sonreír tras la muerte de mi madre; mis tías parecían esperar el momento de entrar en nuestra desangelada y fría casa para alejar de sus semblantes cualquier muestra de alegría, y parecían creerse en la obligación de compadecerse de mí a cada instante. «¡Pobre hijo mío! Sin una madre que lo cuide, ¡cómo va a hacerse un hombre de provecho!». Yo era para todos el «pobre Andresito», el niño sin madre, casi huérfano, porque mi padre parecía ya un cadáver. Los otros niños del pueblo, crueles y despiadados como todos los niños, me mostraban todo aquello que sólo una madre puede hacer, como sus bien remendadas camisas y pantalones, las suculentas meriendas, y me sonreían maliciosamente cuando sus madres los llamaban para recogerse al anochecer. «Vaya, me voy porque me llama mi madre. Claro, tú como no tienes puedes quedarte hasta cuando te de la gana. ¡Vaya suerte!».

Su crueldad era tan inmensa como su ignorancia.

—¡Estoy harto de esa cabra, tan harto que un día… bueno, que no sé lo que haré con ella!

—¡Ni se te ocurra, Andrés! ¡Esa cabra la compró tu madre y tienes que respetarla!

Como todos los demás, al mencionar a mi madre también Inés se creían en la obligación de compadecerse de mí, pero apenas si dejaba ver un instante de melancolía e inmediatamente su rostro volvía a brillar, sus mejillas se encendían y sus labios volvían a sonreír, como si tratara de alejar de sí cualquier pensamiento triste en alguien que parecía haber nacido para hacer propaganda de la alegría. Además, sentía la muerte de mi madre con la naturalidad de un cura que da la extremaunción a un moribundo, porque pienso que quien ama la vida también ama la muerte, de la misma manera que quien se presta a ser mártir puede llegar a ser verdugo.

Yo hacía lo que ella esperaba que hiciera: reunía el rebaño, reducía las aspiraciones revolucionarias de la maldita cabra, y una vez todo en orden, volvía y me sentaba a su lado, como un niño que espera el beso de su madre por su buen comportamiento. Pero ella seguía su metódico sistema de provocar mi dignidad.