La extraña

Un ejecutivo español insatisfecho en su matrimonio busca una aventura sentimental aprovechando uno de sus viajes de negocios. La víctima es Tania, una profesora de música de un país de la desaparecida Unión Soviética, a quien ha contactado por Internet, y que trata de huir de la situación económica de su país con una oferta de matrimonio.




PRIMERAS PÁGINAS
Toni (Madrid, España)
Toni deambulaba ocioso por el concesionario de automóviles de lujo contemplándose a ratos en los amplios espejos de la pared. Momento que aprovechaba para ponerse bien el nudo de la corbata, contemplar su perfil «bueno», tratando de recordar qué día tenía hora con el dentista para terminar de hacer los empastes, estudiar si la americana le sentaba mejorabotonada o abierta y recordarle a su mujer que no volvería a ponerse aquella camisa rosa, pese a que ella se empeñase en que le sentaba bien.
«Diga Olga lo que diga, las camisas rosas son para afeminados», pensaba de forma rutinaria y reiterativa sin darle mayor importancia. Él las prefería de color azul o blancas. Tal vez Olga le considerase, en efecto, algo afeminado y por eso le elegía aquellas camisas de color rosa.
—¿Qué hora es? —preguntó a su secretaria, sin molestarse en consultar su propio reloj.
—Faltan cinco minutos para las dos.
—Cierra y vamos a almorzar. No tardéis, que no me gusta almorzar solo...
—Descuida, llegamos en cinco minutos
Toni traspasó la puerta automática del concesionario y sintió una bocanada de aire fresco, pero cargado de los olores nauseabundos del gas-oil quemado de los vehículos atascados frente a un semáforo. Un taxista hacía sonar la bocina e increpaba a una mujer que conducía un pequeño utilitario: «¡Oye, guapa, que esto no es la procesión de Semana Santa! A ver si nos despabilamos o no salimos de aquí en toda la mañana!». Toni contemplaba la escena pero no sentía ninguna lástima por la chica ya sudorosa al volante del utilitario porque no era nadie, con aquella coleta insignificante sujeta con un elástico de color fósforo y una rebeca gris de la que intentaba librarse inútilmente entre un caos de brazos, cinturón de seguridad y palanca de cambio. Estaba de acuerdo que aquel taxista era un cretino. Tenía un aire provinciano: camisa de rallas, desabrochada, bigote insignificante y mal cuidado, unas gafas de vista cansada atadas con un cordón negro sobre una prominente barriga casi despreciable por descuidada. Parecía que se hubiera desarrollado pegado al asiento hasta que la barriga se ajustaba milimétricamente al volante gastado, cuyos únicos movimientos, como si se tratara de un parapléjico sobre su silla de ruedas, consistían en manejar el cambio de marchas, pulsar el botón del taxímetro y, no sin dificultad, girarse para entregar el cambio al cliente exasperado por los extras imprevistos que aparecían súbitamente en grandes números fósforo naranja del taxímetro. A pesar de todo, era probable que el cliente le diera los últimos céntimos de propina, como si temiera que el taxista fuera a contar a todo el mundo que no debía andar muy bien económicamente cuando ni siquiera daba propina a los taxistas.
Toni se sentía reconfortado por no tener otra cosa que hacer que cruzar la calle, sentarse en el restaurante y esperar a que el camarero le mostrase la carta. Le tenía sin cuidado lo que pudiera suceder a su alrededor, era la primera vez en toda la mañana que sabía lo que tenía que hacer y que podría hacerlo con cierta autoridad y sin temor a equivocarse.
Un trabajo sin alicientes
—¿Quiere sentarse aquí, don Antonio?
El viejo camarero insistía en llamarle «don Antonio» a pesar de que en varias ocasiones le había tratado de argumentar, lleno de beatífica paciencia, que prefería que le llamara Toni, como hacía casi todo el mundo, porque no se creía ni con la edad ni con la posición como para que fuera tratado de don, y mucho menos por su propio nombre que secretamente detestaba, de ahí su complacencia por el diminutivo Toni, que seguramente conservaría incluso cuando fuera un anciano, como Toni Curtis, o Toni Graciosa, o tantos otros que seguramente detestaban el nombre de Antonio.
—Sí, don Antonio... Comprendo don Antonio —pero el viejo camarero había sido educado para tratar de usted a cualquiera a quien estuviera sirviendo, y siguió llamándolo así pese a sus gestos de desagrado y reducir considerablemente la cuantía de sus propinas.
—Don Antonio: ¿lenguado? Está muy fresco y ya sabe cómo lo prepara Jacinto. ¿Una ensaladita o gazpacho? Hoy es un día de verano, eh, y estamos en mayo. ¿Está bien aquí o prefiere junto a la ventana? Este verano será calentito. No si lo del calentamiento ese será verdad... Entonces: ¿lenguado?
—Espera a que lleguen Juan y Concha. No sé lo que querrán.
—Bueno, aquí le dejo un aperitivo para que vaya picando ¿Vino blanco? ¿Le gustan las agujas? Sí, claro... ¿O prefiere unas gambas?
—Lo que sea, pon lo que sea —dejó su americana cuidadosamente colocada sobre las hombreras en el respaldo de la silla, y volvió a percatarse del afeminado color de su camisa rosa, impecablemente limpia y planchada, que aún conserva el áspero y desagradable olor del detergente, y se sintió incómodo, violento, como si se hubiera desnudado y no se encontrara ningún vestigio de algún órgano que pudiera identificarle como género. No es que se sintiera afeminado con aquella brillante camisa rosa sino que se sentía neutro, asexuado, confundido, tal vez lo que era y sólo su mujer sabía interpretarlo y proponer la vestimenta adecuada. Juan le sacó de sus angustiosa sensación de castrado:
—¿Has pedido ya?
—No, os estaba esperando. ¿Dónde está Concha?
—Tenía una llamada de última hora, pero está al llegar.
Al cabo de unos instantes entró Concha con una misteriosa expresión de Gioconda.
—Ha llamado Olga...
—¿Olga? —Toni no quería que su mujer le llamara al trabajo. El concesionario era su pequeño refugio, su recinto amurallado donde ejercía una especie de virreinato. Se sentía como el cacique del señor Serrano. Puede que no estuviera muy bien considerado, no sin razón, pero exigía que respetasen su estatus y le permitieran ejercerlo con cierta autoridad. Juan y Concha eran sus subordinados, los únicos que justifican su presencia, los necesitaba pero ignorantes. No debían sospechar sus tensas relaciones con la familia Serrano, incluida su propia esposa, Olga Serrano. Él no estaba allí sólo para vender coches de lujo sino para reinar y ellos eran sus únicos súbditos. ¿Cómo permitirles que dudaran de la autoridad que le inducía el parentesco? Les gustara o no a los Serrano, él era parte de la familia y aquellos empleados debían oír a través de sus oídos y ver a través de sus ojos. No debían tener ideas propias sobre su relación familiar con su suegro, dueño del concesionario; tenían que verlas como él quería que las vieran. Por tanto, cualquier imprudencia, una frase equívoca, una expresión que se prestara a varias interpretaciones podía cambiar esta relación y, sin saberlo, hasta podrían estar mofándose de él a sus espaldas. Sus empleados debían estar al margen de su vida personal y creer todo aquello que él mismo les quisiera contar sobre sus asuntos familiares.
—Le he dicho que estabas aquí y que te llame al móvil.
Les permitía que le tutearan por la misma razón que les obligó a llamarle Toni. ¿Qué sentido tendría llamarle señor Toni? Si le llamaban con el diminutivo familiar de Toni, como él mismo les había pedido, no cabía otra posibilidad que tutearle. Pero era una exigencia de cortesía que nada tenía que ver con el respeto que le debían. Podría ser Toni y no ser adecuado anteponer el señor, pero ¡él era un señor!
Antes de que pudiera interesarse por el motivo de su llamada, sintió la vibración del móvil golpeando el respaldo de la silla. Resignado, controlando un gesto de contrariedad porque por nada del mundo quisiera dar a entender ante sus empleados que su mujer, Olga Serrano, única hija de don Francisco Serrano, era una molestia, pulsó el botón de respuesta después de comprobar que era el número de su mujer.
—Dime, Olga... ¿Los niños, yo?... ¿Por qué no puedes recogerlos tú?.. ¿Otra vez? Bueno, está bien, los recogeré yo... Sí, a las cinco... Estaré allí, puedes estar tranquila... Adiós... Un beso... Sí, tranquila... Adiós.
Colgó el teléfono como si no se hubiera producido aquella llamada, porque como había dicho mil veces, el trabajo no era un lugar para tratar asuntos personales. Pero Olga, como siempre, tenía sus propias ideas. ¡Era como su padre!
Pilar se preguntaba por qué no decir simplemente: «tengo que recoger mis hijos en el colegio» en lugar de «tengo un compromiso ineludible». De esta manera perdía a sus ojos la poca humanidad que aún pudiera quedarle al protegerse estúpidamente y considerar a aquellas pobres criaturas como un «compromiso». Si algún día ella tuviera hijos ¡jamás diría una cosa así ni aunque tuviera una cita con el mismo rey de España!
Toni intentaba relajarse y paladear la mousse de chocolate sin que se le agriara rápidamente en el estómago, porque eso podría significar que estaba ya en proceso de ulceración y pronto descubriría con horror que sus temores habían sido justificados: ¡el viejo habría acabado por arruinar su salud!
Tiró la servilleta contra el pulcro mantel rosa como si estuviera a punto de renunciar a algo importante, aun cuando sólo era una forma de dar a entender que la comida había finalizado. Solía hacerlo con bastante frecuencia porque era raro el almuerzo que no terminaba con alguna forma de crítica contra su suegro y, por tanto, con aquel airado gesto. Pidió la cuenta, pero evitó al viejo camarero porque estaba harto de tratar inútilmente que no le hiciera sentirse viejo y se levantó pesadamente convencido de que no tardaría ni cinco minutos en tener acidez de estómago.
Tania Ivanova (Un país de la ex-Unión Soviética)
Tatiana Petrovna Ivanova, profesora de la escuela Municipal de Música, no era capaz de poner orden en la pequeña revolución infantil causada por la inoportuna rotura de la quinta cuerda del violín de la pequeña Elena Tcharina.
—¡No os riáis! No debemos reírnos de las desgracias de los demás.—llaó a la pequeña Elena que todavía gimoteaba frotándose la nariz, la sentó sobre sus rodillas y trató de consolarla:
—Hasta al gran Nicolo Paganini debió de sucederle alguna vez que una cuerda de su violín le golpeara la nariz. Bueno, vamos a ver, ¿tienes una cuerda de repuesto?
—Lo siento señorita Ivanova, pero no tengo. Ya se lo dije a mi papá, que me comprara un juego de cuerdas de recambio, pero me dijo: «Elena, ándate con cuidado y no rompas ninguna cuerda del violín que no estamos para muchos gastos». Por eso lloraba, señorita Ivanova, no porque me doliera la nariz. Lloraba porque mi papá se enfadará conmigo, después de haberme avisado. Pero yo he tenido cuidado, no sé cómo ha podido suceder...
—Bueno, supongo que encontraremos alguna por aquí. Déjame buscar... Pero no te preocupes, tu papá no sabrá nunca que se ha roto la cuerda de tu violín, ¿de acuerdo? Así es que ya no tienes por qué llorar.
Tania Ivanova permaneció unos instantes con la pequeña Elena sobre sus rodillas sumida en un incontrolable arrebato de ira contenida contra los políticos que gobernaban el país o quien fuera responsable de aquella penosa situación: ¿Cómo era posible que en sólo unos años los padres ya no podían comprar ni cuerdas para los violines de sus hijos? ¿Qué estaba ocurriendo en su país? ¿Eso era lo que nos traería el famoso capitalismo que tanto aclaman en América o en Europa? ¿Cómo se había llegado a esta situación cuando tan sólo diez años antes hasta los instrumentos los facilitaba el Estado, incluidas docenas de cuerdas para que nunca una niña tuviera que llorar por haber roto la cuerda de su violín? Pero no sabía la razón. Ella era profesora de música, no economista y no estaba en su mano solucionarlo, así es que volvió a recuperar su habitual buen humor y la fortaleza propia de una maestra, y, tras cambiar la cuerda del violín de la pequeña Elena, pudo por fin terminar con cierta satisfacción un difícil pasaje de las «Danzas Húngaras», por lo que podría estar a punto para el festival infantil de fin de curso.
Reconfortada por el relativo éxito de los ensayos, Tania despedía a sus pequeños alumnos, nombrándolos cada uno por su nombre de pila y apellido, mientras recogía las partituras dispersas en los atriles introduciéndolas en una carpeta con la rotulación: «Danzas Húngaras, J. Brahms»
—Adiós, Mila Morozova. No te olvides que mañana empezamos una hora antes.
—Sí, señorita Ivanova. Hasta mañana.
—Ah, Piotr Schvabrin, recuerda a tu madre que mi hija Anechka asistirá a tu fiesta de cumpleaños.
—Si, señorita Ivanova, se lo diré. Me alegra que venga. Anna es mi mejor amiga.
—Me alegro, ya sé que os entendéis muy bien. Ah, pero no esperes un gran regalo. Bueno, ya sabes cómo están las cosas, pero algo te llevará.
—No se preocupe, señorita Ivanova, mi papá me ha prometido un bonito regalo que compró cuando estuvo en la capital. Pero lo tiene bien escondido y ¡me muero de ganas por saber qué es!
—Seguro que te gustará. Por cierto, ya eres casi un hombre: ¿once añitos, no?
Piotr se avergonzó por tener que reconocer su edad porque tenía la sensación de que su estatura no se correspondía con los niños de su edad. Era por lo menos una cuarta más bajo de lo común. Tenía la estatura de una niña y, mirándolo con atención, incluso sus rasgos físicos eran tan suaves y delicados como los de una niña.
Tania acarició su rubia y abundante cabellera al tiempo que le regalaba una maternal sonrisa: «Es un pequeño genio este Piotr Schvabrin. ¡Ojalá no se malogre!», pensó con un gesto de melancolía.
Los niños fueron abandonando ordenadamente la clase de música hasta que Tania se quedó sola, terminando la rutinaria tarea de ordenar las sillas, los atriles y cerrando las vitrinas donde guardaba las partituras.
Cuando terminó, se sentó sobre el taburete del piano como si tratara de recuperarse de una súbita fatiga. Le pesaban las piernas y le dolían los pies, pero sobre todo sentía una incomprensible presión en las sienes, como si estuvieran a punto de estallar.
Apenas se desentendió de las preocupaciones propias de la clase se vio asaltada por un sinfín de cosas que requerían su urgente atención, además de pasar por el mercado y comprar algo para cenar. Absorta por estos pensamientos apenas vio a la severa figura de la directora María Ustinova que la hacia señas con su habitual autoridad desde el umbral de la puerta de su despacho:
—Tatiana Ivanova, por favor, venga un instante a mi despacho.
Tania se sobresaltó y otra vez sintió que le pesaban las piernas y las sienes parecían estallar.
—¿Ocurre algo, señora Ustinova?
—Entra Tania, es un minuto. No podemos hablar en el pasillo.
Tania siguió a la directora presintiendo que no iba a recibir buenas noticias. Sabía la forma en que la Ustinova preparaba a sus víctimas por su sospechosa amabilidad para invitarlas a entrar en su despacho, un cuartucho tan ennegrecido y abandonado como el resto de las dependencias de la escuela.
María Ustinova era, no obstante, una mujer de aspecto franco y profesional. Nadie podía decir de ella que ocultase malas intenciones contra ninguno de los profesores, a pesar que desde hacía años el ambiente no era precisamente cordial entre ellos, sobre todo por las crecientes necesidades y los cada vez más frecuentes recortes de sueldos y otros ingresos por primas o méritos académicos que eran tan frecuentes en el régimen anterior. Las pequeñas corruptelas eran ahora mucho más frecuentes y los padres, además de pagar por las clases de música, se veían obligados a dar propinas a los profesores para conseguir tratos de favor, sobre todo si sus hijos requerían alguna atención especial. Sin propinas nadie estaba dispuesto a salirse del programa oficial. No era por perversión, simplemente era la única forma de sobrevivir y se había llegado, con una silenciosa complicidad, a este estado de cosas tan indigno para sus propias reputaciones profesionales.
—Tania, siento tener que decirle que este año Anechka no podrá acogerse al programa de Chernovil, y no será invitada a viajar a Italia... Se ha hecho mayor, ya tiene once años y usted sabe que el programa termina a la edad de diez.
Tania sintió que un inesperado sofoco. Las piernas simplemente no las sentía y se ahogaba. Tomó aire, trató de respirar con profundidad hasta llenar de aire los pulmones y lo expulsó lentamente y con resignación.
—¡Pero señora Ustinovna, si mi hija no puede ir este año a Italia yo tampoco podré salir de gira con la orquesta!
—Tania, querida, Anya ya no es una niña y hay otros niños que también lo necesitan. Anechka ha estado viajando cada año desde que tenía cinco añitos. La Comisión ha creído que ya es suficiente...
—Pero usted sabe que no tengo con quién dejarla... —insistió Tania, más como desahogo que tratando de ablandar a la Comisión, porque sabía que una vez tomada una decisión, en ese país todo el mundo la respetaban—. Ya sabe que la abuela se rompió la cadera y no levanta cabeza. Cada día tengo que atenderla yo misma porque casi no puede hacer las cosas de la casa y mucho menos ir al mercado.
—Podrías enviarla con tu hermana. ¿Y tu hermano Nikolai? ¿No podría quedarse con él?
—No sé, tal vez... Entonces... —preguntó Tania para concluir y evitarle mayores explicaciones a la directora—, ¿no hay ninguna posibilidad de que pueda ir?
—Ninguna...
—Bueno, será mejor que empiece a pensar qué hacer con ella este verano... —se levantó apoyándose pesadamente en los brazos metálicos del sillón de oficina de la época comunista, y se despidió haciendo un breve gesto de resignación—. Sí, se está haciendo mayor. Tengo que ir haciéndome a la idea que ya no es una niña.
—Hasta mañana, Tania. Espero que lo resuelvas. Dale un beso a la pequeña Anya de mi parte.
Eran tantas las necesidades de la mayoría de las familias de los profesores que la directora había adquirido cierta profesionalidad para comunicar ese tipo de noticias y saber ponerles el adecuado final, intentando no dramatizar más de lo necesario.
—Hasta mañana. Sí, se lo daré de su parte.
Ni la directora ni ella mencionaron al padre de Tania, porque era evidente que nada podría hacer después de su segundo matrimonio del que ya habían nacido tres hijos y el último apenas tenía unos meses. Dadas las circunstancias era probable que lo estuvieran pasando mucho peor que ella misma.