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Nina & Nano. Historia de dos músicos

RESUMEN

Esta romática novela cuenta la historia de dos adolescentes unidos por su pasión por la música. Él desea ser un virtuoso solista de guitarra clásica y ella sueña con llegar a ser una aclamada cantautora.
Los dos se conocerán en una pintoresca localidad del litoral, donde Nano, para costearse el Conservatorio, trabaja de camarero y responsable de las hamacas. Por las noches ameniza con su guitarra un piano-bar. Nina es la hija de una madre divorciada, amante de su propio jefe de una agencia publicidad de dudosa reputación, quien paga las clases de música de Nina y unas breves vacaciones en esa misma localidad a cambio de posar para sesiones de fotografías pornográficas que Nina ignora. Nano la anima para que cante en su piano-bar. Inspirada por él, compone una romántica canción que será un gran éxito y sus tres estrofas marcarán sus destinos: su feliz encuentro; su dolorosa separación por un cúmulo de sucesos adversos y, cinco años después, cuando ambos consiguen hacer realidad sus sueños adolescentes, el reencuentro durante un accidentado macro-concierto para la presentación de las canciones compuestas en su adolescencia, junto con Nano. Esta novela está dirigida a los adolescentes, pero pensando en los adultos y revindica el derecho de su derecho a realizar sus sueños sin la oposición de padres y educadores. Avjso: tiene algunos pasajes de gran emotividad, por lo que aconsejo que se provean de pañuelos. Algunos de mis primeros lectores adultos me han confesado que no pudieron contener las lágrimas. ¡Feliz lectura! 



El viaje


Nina no prestaba atención a lo que le decía su madre. Hacía más de una hora que viajaban en automóvil por la autopista del sur en dirección a una pequeña localidad costera, donde tenían previsto pasar dos semanas de las vacaciones de verano.

Contemplaba distraída los verdes y extensos viñedos que iban dejando rápidamente atrás, al otro lado de la autopista.
Le llamaba la atención la perfecta alineación de las plantas, donde ya deberían crecer grandes racimos de uvas, pero que todavía no estarían en la madurez necesaria para la vendimia.

También llamaban su atención los grandes caseríos que albergaban las bodegas y las suntuosas residencias de los propietarios de los extensos viñedos, que envidiaba, porque a ella le hubiera gustado vivir en uno de aquellos grandes caseríos.
Otras veces levantaba la vista y contemplaba extasiada los caprichosos cúmulos de nubes blancas que formaban figuras que ella trataba de identificar, como un gran elefante, un ángel, un ovni o un gigante de cuerpo blanco y voluminoso.

Su madre intentaba en vano que le prestara atención porque Nina no deseaba hacer aquel viaje y no quería escuchar sus argumentos para justificarlo.

Los extensos viñedos no parecían tener fin. A intervalos, se abrían algunos claros, sembrados con otros cultivos, o surgían frondosas arboledas de pinos mediterráneos. Otras veces se abrían caminos que conducían a las mansiones, con los márgenes limitados por estilizados cipreses, milimétricamente separados unos de otros, que daban acogedora sombra a los que circulasen o caminasen por ellos.

Hacia el mediodía lucía un sol radiante y las sombras que causaba el frondoso follaje de los árboles caían en vertical sobre el suelo. De vez cuando cruzaban el cielo bandadas de palomas torcaces, perseguidas por algún halcón. Sobre las copas de los erguidos cipreses se posaban bandadas de ruidosos cuervos, inquietos, pasando de un ciprés a otro, en una interminable lucha territorial.

—Nina, hija, estás distraída y no me prestas atención.

—¡Es que no me interesa lo que me estás diciendo!

—Mi madre me hubiera dado una bofetada si le hubiera contestado de ese modo.

Nina no podía sentir respeto por su madre, porque creía que no se comportaba como una responsable madre, sino como una niña caprichosa que hacía lo que le venía en gana, sin tener en cuenta su opinión.

—¡Mi abuela no hubiera hecho este viaje! —respondió Nina con una expresión airada.

—¡Tu abuela vive en otro siglo!

Nina le pareció que aquella respuesta no tenía sentido, porque en todos los siglos las madres son iguales.

—¡Pues yo me quedo con el siglo de los abuelos!

—Pero ¿qué hay de extraño que pasemos dos semanas en la playa?

—Nada. Pero no vas por la playa, sino para reunirte con un hombre ¡que está casado!

—Es muy desgraciado en su matrimonio, pero su mujer no le quiere conceder el divorcio. Puede decirse que están separados. ¿Qué hay de malo que sea su amigo?

—¡Di más bien su amante, y además tu jefe!

—¡Nina, eres muy cruel con tu madre! Me censuras cosas que tú no puedes entender! No hay que avergonzarse por tener relaciones con un hombre. ¡Soy una mujer libre y adulta!

—¡Eres una mujer divorciada!

—¿Y cuál es la diferencia?

—¡Creo que todavía le debes un respeto a papá!

Para Nina el divorcio era tan solo una separación, pero no una ruptura.

—¿Entonces, por qué nos divorciamos?

—¿A mí me lo preguntas? ¡Yo no lo sé!

—Nina, ¡tu padre es la persona más aburrida del planeta!

—A mí no me lo parece...

—Ya sé que tú quieres a tu padre más que a mí. Pero algún día lo entenderás. Los años pasan volando, ¡y la juventud en un suspiro! Con tus quince años no tienes ni idea lo que se siente cuando te ves en el espejo y empiezas a no reconocer la imagen que aparece al otro lado. Tengo 42 años. Antes de que me dé cuenta habré cumplido los 50 y entonces ya no tendremos necesidad de hacer estos viajes, porque no habrá ningún hombre con el que reunirme... Algún día lo entenderás...

Nina se sentía violenta y triste a la vez. Deseaba mantener una buena relación con su madre, pero le exasperaba su manera de comportarse, que ella, con solo 15 años y poca experiencia de la vida, le parecía irresponsable.

Nina trató de imaginarse a sí misma veinte o treinta años más vieja. Posiblemente tendría el mismo aspecto que su madre: flacidez en los brazos, ligera papada, algo de celulitis en las caderas, los senos flácidos y caídos, algunos michelines en la cintura. Sí, su madre llevaba razón, debía ser muy doloroso envejecer con todos esos síntomas. Pero eso no era suficiente para justificar su comportamiento. «Todo el mundo envejece —pensó sin apartar la vista del paisaje que iban dejando atrás—, pero no se comportan como ella».

Los viñedos habían desaparecido del paisaje y empezaban a verse extensos campos de naranjos y limoneros. También estos árboles guardaban una perfecta alineación sobre el terreno. Habían dejado atrás varias de las ciudades de turismo más populares del país. El paisaje rural de casas de campo diseminadas se hacía más denso, y desde la autopista se podían divisar numerosas pequeñas poblaciones rodeadas de campos de naranjos, pero también de otra clase de árboles frutales adaptados a zonas cálidas, como aguacates y mangos. Nina estaba cansada y acalorada, pero no servía de nada abrir la ventanilla, porque el aire, procedente del desierto del norte de África, era tan tórrido y seco que ardía en la piel.

—¡Estoy cansada, sedienta y hambrienta! —protestó Nina—. ¿Podemos parar en la próxima área de servicio para refrescarnos y comer algo?

A pocos kilómetros de distancia encontraron un área de servicio. Aparcaron el recalentado automóvil y, todavía entumecidas por varias horas de inactividad, entraron en el restaurante. Nina eligió el plato del día: pescado fresco del mar de la zona y su madre solo una sencilla ensalada. Tomaron asiento junto a los ventanales desde donde se divisaba el denso tráfico de la autopista.

—¿Está fresco el pescado? —preguntó la madre para romper el silencio. Nina asintió con un leve movimiento afirmativo de cabeza.

—Sé que te gusta más el pescado que la carne. Donde vamos disfrutarás de las más deliciosas parrilladas de pescado de este país.

Nina comprendió que su madre deseaba retomar el tema del que habían intentado hablar durante el viaje.

—Nina, pasado mañana se reunirá con nosotras mi jefe.

—¡Tu amante!

—¡Sí, sí; mi amante! Pero solo se quedará tres o cuatro días.

—¿En nuestro mismo apartamento?

—¡Claro! ¿Crees que yo podría pagar un apartamento al borde del mar en una de las zonas turísticas más caras del este país?

—Entonces, ¿lo ha pagado él?

—Sí.

—¡Y, claro, te tienes que acostarte con él!

—¿Por qué te empeñas en martirizarme? ¿No podrías ser un poco más comprensiva y evitar decirme las cosas con tanta dureza?

Nina sintió que, en efecto, había sido muy dura con su madre, pero su comportamiento era intolerable. No obstante se disculpó.

—¡Perdona, mamá!

—Bueno, está bien, pero tienes que comprender las cosas y ser menos quisquillosa, por no decir ¡puritana! Tú quieres ser una gran cantante, ¿quién crees que paga tus clases de música? Con mi sueldo apenas nos llega para comer, vestirnos y pagar el alquiler. Sí, es verdad, me acuesto con él, porque los extras los pagan también él. ¡Todo el mundo se acuesta con todo el mundo! ¿Que hay de malo en hacer el amor cuando se tiene mi edad y se es una mujer libre? Comprendo que tú veas las cosas de otra manera, y me alegro de que sea así, pero no seas tan ligera juzgando a tu madre, solo porque sabe cómo conseguir todo lo que las dos necesitamos.

Nina escuchaba a su madre, pero no podía estar de acuerdo. Para ella no había justificación para acostarse con un chico si no estaba enamorada. Pero no quería contradecirla y la dejaba hablar sin interrumpirla.

—Cuando yo tenía tu edad era como tú, además de que eran otros tiempos. Las mujeres no podíamos hace nada sin el consentimiento de los hombres. No teníamos libertad ni podíamos tomar la iniciativa en nada. ¡Todo era pecado! Con quince años todavía llevábamos calcetines blancos y era de fulanas llevar pantalones. Ahora os podéis vestir como os dé la gana, sois libres de tomar la iniciativa y nadie os pregunta si sois o no vírgenes, porque ya no tiene importancia. ¿Te gustaría que volvieran aquellos tiempos?

Nina hizo un leve gesto de negación con la cabeza.

—¡No, claro que no! Por eso yo no encuentro mal que si dos personas se gustan y se desean hagan el amor sin necesidad de que se prometan amor eterno. Tú eres libre de pensar de otra manera, pero al menos, respeta mi manera de pensar y no me juzgues a la ligera.

La madre parecía dudar de lo que deseaba decir a continuación a su confundida hija, pero era necesario que lo supiera.

—Nina, como estaremos todo juntos en el apartamento tenemos que hacer algo para que sepas cuándo debes o no entrar. Yo pondré la toalla de baño roja en la barandilla de la terraza para que sepas cuando debes esperar en la playa, y cuando no esté ya podrás entrar. ¿Estás de acuerdo, Nina?

A Nina le pareció intolerable aquel indecente sistema, pero por nada del mundo deseaba sorprender a su madre en la cama con un hombre, así es que asintió con una enérgica respuesta, que dejaba claro su malestar.

—¡Sí, mamá, estoy de acuerdo!

—Bueno, es hora de seguir el viaje, aún nos quedan muchos kilómetros, y no quisiera llegar muy tarde.

Las dos mujeres se reincorporaron a la autopista y prosiguieron el viaje sin que ninguna de ellas rompiera el tenso silencio creado por la conversación del restaurante.

Ahora el paisaje había vuelto a cambiar, y eran abundantes los palmerales y había pocos espacios que no estuvieran urbanizados. Sobre suaves lomas surgían infinidad de casas de veraneo, con amplios jardines bien cuidados, en muchos casos, con refrescantes piscinas.

El crepúsculo enrojecía las nubes mientras el sol se hundía en el horizonte, liberando el ambiente de su sofocante influencia.

A pocos kilómetros de su destino, salieron de la autopista y circulaban por una angosta carretera, a cuyos lados se veía un mar de plástico de cientos de invernaderos, debajo de los cuales maduraban con urgencia hortalizas que invadirían los supermercados del norte de Europa.

Era frecuente encontrarse con trabajadores de los invernaderos, de aspecto árabe, caminar por los arcenes de la carretera, o montados en destartaladas bicicletas, por lo que conducir por aquellas carreteras era un peligro constante.

Por fin remontaron una suave loma desde donde divisaron la población de su destino. Ya lucían las escasas farolas callejeras, y una brillante luna llena iluminaba la pequeña bahía en donde se asentaban una línea de apartamentos a escasos metros de la playa.

Sobre la ladera por donde descendían había espectaculares casas de veraneo, muchas de las cuales estaban iluminadas y sus afortunados residentes, descansaba indolentes sobre tumbonas en sus amplias terrazas. Las dos mujeres se sintieron aliviadas y admiradas de la belleza del lugar elegido, pero cada una tenía una causa diferente.

—¡Qué maravilla de pueblo! ¡Vamos a intentar disfrutar de este precioso lugar sin complicarnos la vida! ¿Vale, Nina?

Nina no contestó, porque no compartía el mismo entusiasmo que su madre por las expectativas de unas vacaciones inolvidables, pero también se sintió sobrecogida por la belleza del paisaje.

El pueblo, ahora dedicado en exclusiva al turismo, había sido una insignificante aldea dedicada enteramente a la pesca, porque el terreno era demasiado reseco y árido como para permitir cualquier clase de cultivos. En sus laderas crecían chumberas silvestres, llegadas de México cinco siglos atrás, y que prosperaban con amenazante profusión por todo el terreno colindante.

Cuando entraron en la calle principal, que moría en la misma playa, todavía estaban abiertos los dos restaurantes del lugar. Sus acogedoras terrazas, iluminadas con farolillos chinos, estaban ocupadas por relajados turistas y residentes de las mansiones de la ladera.

La brillante luz de la luna llena, se reflejaba en una escarpada costa, al final de la playa, que se asemejaba a la gigantesca cabeza de un gigante surgido del mismo mar. En el horizonte se veía el destello de las luces de los faroles chinos que atraían a las valiosas agujas, de las pocas barcas de pesca que quedaban en el pueblo.

A esas horas de la noche todavía permanecían algunos veraneantes tendidos sobre la arena, contemplando aquel sobrecogedor paisaje, o el débil resplandor de unas estrellas ocultadas por la bruma que quedaba suspendida en el aire, tras un caluroso día de verano.

Su apartamento estaba en la primera línea de mar, a pocos metros de una playa de arena dorada. Lo más destacado era la amplia terraza, con vistas directas sobre la playa y el inmenso mar, que se comunicaba con un amplio y luminoso salón a través de unas grandes puertas correderas acristaladas.

La madre de Nina sugirió que un baño caliente les quitaría el cansancio del viaje y estarían en mejor estado para terminar aquel primer día de sus vacaciones cenando al aire libre en alguno de aquellos concurridos restaurantes. Pero Nina prefería una ducha rápida para irse a dormir lo antes posible. La madre aceptó su sugerencia y tras ducharse y cambiarse de ropa, acudieron al restaurante.

—¿Te sientes más animada ahora? ¿No es un lugar ideal para unas vacaciones? Mañana pasaremos todo el día en la playa, y almorzaremos una enorme y deliciosa parrillada de pescado. ¿No es eso lo que te gusta?

Nina sabía que su madre intentaba complacerla para que aceptara la situación de la mejor manera posible, pero ella seguía creyendo que no serían unas vacaciones felices, y no ocultaba su negativo estado de ánimo.

—Para ti serán buenas, pero para mí no. Hubiera preferido haberme quedado con los abuelos. No sé por qué te empeñaste en que te acompañara.

—¿Pero cómo puedes decir que no te sientes bien en un lugar como este? Soy tu madre, pero francamente, Nina, ¡no te entiendo! No conozco a nadie que no se muera de ganas por pasar unos días en este paraíso. ¿No te gusta la playa? Cuando tenías 10 años llorabas cuando llegaba el último día de las vacaciones, ¡y eso que íbamos a unas playas horribles!

—¡Estaba también papá!

—¡Ya salió tu padre a relucir! ¿Es que nunca vas a aceptar que estamos divorciados? ¡Hay millones de matrimonios divorciados con hijas como tú en el mundo, y lo aceptan con resignación, ¡los padres no somos perfectos! Hija, dame una tregua, y disfrutemos de estas cortas vacaciones! ¿De acuerdo?

—Lo intentaré.

—Con eso me conformo.





El bikini

A la mañana siguiente, Nina se despertó con los primeros rayos de un sol envuelto en una misteriosa bruma. El mar parecía una inmensa balsa de aceite, y reflejaba el color violáceo del cielo. Nina se acomodó sobre una de las tumbonas de la terraza y contempló extasiada el lento clarear del cielo. En apenas media hora, el sol se había desprendido de la bruma y brillaba intensamente. El cielo fue tornándose más azul y el mar recobraba su color azul turquesa. El frescor del amanecer se transformó en un calor húmedo que se dejaba sentir en la piel.

Permaneció concentrada en la contemplación de aquella sublime metamorfosis de todos los amaneceres, hasta que un extraño ruido la arrancó de su ensoñación. Se levantó contrariada y se asomó sobre la barandilla de la terraza para encontrar al causante de aquel inoportuno ruido. Era el encargado de las tumbonas, que las desplegaba con gran agilidad y destreza sobre la playa.

En pocos minutos armó un gran número de hamacas a lo largo del espacio reservado de la playa. Nina lo observó fascinada por su destreza. Era un joven no mucho mayor que ella, vestido con una camiseta con el logotipo de la localidad y unas bermudas que dejaban ver sus morenas y musculosas piernas. Se cubría la cabeza con una gorra de visera, con el mismo logotipo, que ocultaba un cabello de color castaño, posiblemente quemado por el sol. Cuando terminó de desplegar las hamacas, se acercó a donde Nina permanecía inmóvil, como si la visión de aquel joven la hubiera convertido en una estatua, porque guardaba las hamacas en un pequeño almacén situado debajo de su apartamento. Cuando estuvo prácticamente bajo su terraza, la mirada de Nina se encontró con la del joven, y pudo ver el color verde de sus ojos, que habían quedado momentáneamente fijos en los suyos. Cuando reaccionó quiso alejarse de la barandilla, pero su voluntad se negaba a obedecer, y permaneció inmóvil. El joven parecía también sorprendido, y se limitó a saludarla con exagerada formalidad.

—¡Buenos días! ¿Eres nueva en esta playa?

Nina se limitó a asentir con un gesto de cabeza.

—¡Bienvenida! Espero que pases una felices vacaciones con nosotros. Me llaman Nano, y tú, ¿puedo saber cómo te llamas?

—¡Me llamo Nina!

—¡Nina y Nano! ¡Qué curioso! Bueno Nina, encantado de conocerte. Si quieres usar una tumbona avísame. ¡Nos vemos...!

Nina se limitó a hacerle un gesto de despedida con la mano, y volvió a recostarse sobre la hamaca. El verde turquesa del mar ganaba intensidad y al contemplarlo vio en su imaginación el color verde de los ojos del joven de las hamacas. «Son del color del mar» —pensó—. «Nano, que curiosa coincidencia», y se quedó dormida con una leve sonrisa en sus labios.

Las barcas que durante la noche habían salido a la pesca de las agujas, regresaban a la playa y las varaban en el área reservada para los amarres. Los pescadores, curtidos por los vientos marinos, descargaban sus apreciadas capturas, que eran rodeadas por posibles compradores.

Los veraneantes más madrugadores se tendían ya sobre las hamacas y se protegían del sol embadurnándose con crema protectora con rutinarios movimientos, repetidos de la misma forma cada mañana. El restaurante abría también sus puertas y preparaba los desayunos de sus clientes habituales, que sentados en la terraza, esperaban pacientemente a que todo estuviera listo para servirles una estimulante taza de café.

El ruido de los motores de las embarcaciones había vuelto a despertar a Nina, que permanecía tumbada sobre la hamaca sin pensar en nada. La imagen del chico de las hamacas se había disipado de su imaginación y ahora solo contemplaba distraída los acantilados que limitaban la pequeña bahía. Una bandada de ruidosas gaviotas había seguido a las embarcaciones pesqueras desde alta mar y se posaba sobre la playa, lanzando sus histéricos graznidos

Su madre apareció también somnolienta en la amplia terraza, cubierta con una ligera bata de seda de un llamativo color fucsia, estampada con caracteres chinos. Acercó una de las hamacas junto a la de Nina y se recostó como si pretendiera proseguir allí su sueño.

—¿Con quién hablabas, Nina? —le preguntó, sin que estuviera interesada en una repuesta.

—Con el chico de las hamacas.

—Ah, bueno. Debe ser muy temprano; ¿No puedes dormir?

—Quería ver el amanecer. Es sublime. Creo que hoy será un día muy caluroso.

—Pues nos meteremos en el agua y no saldremos en todo el día... ¿Es guapo el chico de las hamacas?

—¡Mamá!

—¿He dicho algo malo? Solo te he preguntado si el chico era bien parecido. Ya tienes 15 años. A tu edad yo ya tenía novio.

—No lo sé, no me he fijado.

—¿Has estado hablando con él y no te has fijado? Nina, hija, me cuesta hacerte esta pregunta, pero creo que es necesario que te la haga. Tal vez desconozca cómo eres en realidad y por eso encuentras extraño mi comportamiento...¡No serás lesbiana!

—¿Te lo parezco?

—¡Tu comportamiento me confunde!

—Puedes estar tranquila, ¡no soy lesbiana!

—Entonces, te has fijado en el joven de las hamacas.

—Sí, me he fijado, ¡y es muy guapo!

—¡Ahora hablamos el mismo idioma!

—Yo no lo creo. El que reconozca que es guapo no quiere decir que quiera acostarme con él. ¡Es guapo y ya está!

—Está bien, Nina, dejemos este tema de conversación. No he visto nada comestible en este apartamento, tendremos que desayunar en el restaurante. Pero iremos listas para ir después a la playa... No sé si me atreveré a ponerme el bikini. ¡Estoy hecha una facha! He engordado cinco kilos este invierno, y eso que he pasado hambre todo el año. Iremos a un sitio que no esté muy concurrido...

Las dos mujeres quedaron en silencio, cada una entregada a sus propios pensamientos sobre lo que esperaban de aquellas vacaciones. Para la madre de Nina era tan solo unos días de descanso, que aprovecharía para encontrarse con un hombre que le gustaba y con el que deseaba hacer el amor. Para Nina eran dos semanas de resignación en las que no esperaba gozar de ninguna diversión. Se preguntaba por qué su madre se había empeñado en que la acompañase.

Cuando sus padres se divorciaron ella tenía solo 10 años, y el juez decidió que fuera la madre quien tuviera su custodia, porque en aquellos días el padre estaba desempleado, mientras que su madre tenía un buen empleo en una renombrada agencia de publicidad, donde era la secretaria particular del director. Cargo que había obtenido, más que por sus méritos, gracias a su relajada moralidad.

La madre de Nina se probó el bikini antes de decidirse a ir a la playa y quedó horrorizada de su aspecto.

—¿Cómo voy a ir a la playa donde hay tanta gente con estas cartucheras y estos horribles michelines? ¡Estoy hecha un adefesio, no sé si quedarme en el apartamento y tomar aquí el sol!

Nina creía que los lamentos de su madre sobre su físico eran reacciones histéricas, de una mujer incapaz de aceptar el paso del tiempo, y sus inevitables efectos en el deterioro físico. Las playas estaban llenas de mujeres de mediana edad que habían perdido su figura y no se comportaban de aquella histérica manera.

—¡Mamá, tú no eres la única mujer con cartucheras y michelines de la playa, hay muchas peores que tú y no se avergüenzan de su cuerpo!

—Hablas así porque tú no tienes este problema. ¡Ya te acordarás de tu madre cuando tengas mi edad!

—Además, ¡que más te da si le gustas así a tu amante!

—¿No habíamos acordado una tregua?

—Sí, mamá, pero pon tú un poco de tu parte...

—Bueno, está bien, Nina, ¡haya paz entre nosotras! Vamos a desayunar y me resignaré a ser el hazmerreír de todos en la playa.

Cuando las dos mujeres bajaron a la playa, numerosos veraneantes ocupaban ya las tumbonas que el joven Nano había desplegado sobre la playa horas antes. El sol recalentaba la arena de la playa, y una cálida brisa llegaba del mar, con sabor a salitre, que refrescaba como un bálsamo la piel. Nano vio llegar a las dos mujeres y se adelantó para ofrecerles dos de las pocas hamacas que aún quedaban desocupadas.

—Buenos días, ¿quieren una tumbona? Hoy es un día de mucho calor, estarán mejor debajo de una sombrilla.

Nina volvió a sentir la mirada de Nano, y a admirar el color de sus ojos, que había asociado al color del mar. La madre aceptó la oferta de Nano y se acomodaron en las hamacas debajo de unas amplias sombrillas de brezo, que les protegían de un sol cada vez más implacable y abrasador.

—Creo, Nina, que hemos elegido el día más caluroso del verano para nuestro primer día de vacaciones. Llevas razón, el chico de las tumbonas es muy guapo, y creo que le gustas, por la forma en que te miraba.

Nina creyó que su madre le estaba incitando a que sedujera al joven, tal vez para que se pusiera en su lugar y fuera más tolerante con su conducta.

—Nina, nunca me has hablado de tus relaciones con los chicos de tu edad. Ya tienes quince años, supongo que habrás tenido ya alguna aventura romántica.

—No, mamá, no he tenido ninguna aventura romántica, como tú dices...

—¿No has encontrado todavía ningún chico que te gusté?

—Claro que sí, como todas las chicas, supongo, pero eso no quiere decir que deba tener una aventura con todos los chicos que me gustan.

Su madre se había propuesto aprovechar aquellas vacaciones para conocer mejor a su hija, con quien apenas habían intercambiado confidencias sobre un tema tan sensible y difícil de tratar, como era la sexualidad. Nina sabía prácticamente todo sobre su madre, pero ella no sabía nada sobre su hija.

La siguiente pregunta fue más directa y personal.

—Nina, si no quieres no me contestes, pero soy tu madre y debo hacerte esta pregunta: ¿Eres virgen todavía?

Nina se ruborizó y se negó a contestar, porque no creía que a su madre le preocupase si ella era o no virgen. Al menos nunca se había preocupado por enseñarle todo lo que debía saber sobre el sexo. Ella lo aprendió por sí sola, con las confidencias de sus amigas y toda la información que se podía encontrar en la red Internet.

—¿Eso te preocupa? ¡Es una novedad!

—Está bien, no me contestes si no quieres, pero ¿no crees que deberíamos tener una charla de mujer a mujer...?

—No es necesario, mamá, ya sé todo lo que se tiene que saber sobre el sexo. ¡Llegas un poco tarde!

—Lo siento. Sí, no soy una madre ideal...

La llegada de Nano interrumpió aquella conversación entre madre hija. Llevaba una bandeja, sobre la que había dos vasos de plástico con zumos de frutas. Se acercó a Nina y se lo ofreció:

—¡Regalo de la casa. Te refrescará un poco!

Nina se sorprendió, pero aceptó el regalo. Su madre cambió una mirada de complicidad con ella y aceptó a su vez el vaso que le ofrecía Nano.

—Eres muy amable, Nano, gracias —se limitó a decir la sorprendida Nina.

—Soy el camarero del bar de las hamacas, si quieren algo solo tienen que llamarme.

—Lo haremos, Nano.

El joven esperaba que Nina comprendiera que desde que la conoció aquella misma mañana, se había sentido atraído por ella, y le diera alguna muestra de que era correspondido, pero Nina no le mostró el mínimo afecto. La madre observaba a su hija sin atreverse a intervenir, y Nano volvió al bar decepcionado por la frialdad con la que había aceptado su regalo.

—Si te comportas siempre así, serás una solterona amargada. ¿No podrías ser un poco más amable? —le comentó la madre decepcionada por el carácter huraño de su hija. —¡Desde luego que no te pareces en nada a mí!

Nina pensó que de haber sido ese encuentro en otras circunstancias y sin la presencia de su madre, se hubiera mostrado más amable, pero allí no estaba de humor. Deseaba que su madre supiera que no aprobaba su conducta, y se mostraría de esa misma manera hasta el final de las vacaciones. Lo sentía por Nano, pero no estaba dispuesta a cambiar de actitud ni siquiera por él.

Bebieron los zumos en silencio. Al medio día la brisa cambió de dirección, no provenía del mar sino del interior, recalentada en su tránsito por los parajes semidesérticos de los alrededores.

—¡Este calor es insoportable —se quejó la madre—. No sé si quieres bañarte conmigo, pero yo me voy a dar un chapuzón para quitarme este sofoco!

Nina también se sentía agobiada por el calor y accedió a bañarse junto a su madre. Madre e hija entraron en el agua, salpicándose una a otra. Durante unos minutos el estímulo del baño hizo que Nina olvidase su propósito de mostrarse huraña y ambas mujeres se entregaron a inocentes juegos dentro del agua. Finalmente la madre sujetó a Nina con un abrazo para que dejara de salpicarla. Cuando la madre se dio cuenta de que abrazada a su hija, no pudo evitar un amargo comentario:

—Nina ¿por qué no podemos ser buenas amigas? No te pido que me quieras, porque no puedo cambiar tus sentimientos hacia mí, solo te pido que me aceptes como soy y que no me juzgues, ¡porque nadie es perfecto!

Nina se libró del abrazo de su madre y respondió con cierta amargura:

—¡Lo siento, mamá, pero también tú debes aceptarme a mí como soy, y no puedo justificar tu comportamiento!

—Qué quieres que haga, ¿enterrarme en vida? ¿Olvidarme de que tengo un cuerpo? ¿Perder mi empleo? O, tal vez, ¿volver con tu padre?

Nina no respondió, y se alejó de la madre nadando lentamente, en dirección opuesta a la playa. La madre empezó a alarmarse cuando vio que Nina seguía nadando alejándose peligrosamente de la costa.

—¡Nina, no te alejes tanto—le gritó—. Vuelve, por favor. No seas imprudente!

Pero Nina no parecía escucharla. Dejó de nadar y agitó los brazos, tal vez para saludarla, pero ella lo interpretó como si estuviera pidiendo ayuda. Nano había estado siguiendo los juegos entre madre e hija, y también creyó que Nina se encontraba en apuros, y vestido como estaba, se arrojó al agua y nadó vigorosamente hacia donde estaba Nina. Cuando llegó, Nina estaba relajada, flotando en el agua sin el menor indicio de que estuviera en peligro. Nano le reprocho su comportamiento.

—¡Has asustado a tu madre, creía que te estabas ahogando!

Nina no respondió, pero nadó regresando a la playa, seguido de el decepcionado Nano.

—¡Nina, no vuelvas a asustarme! —le reprochó su madre cuando estuvo junto a ella.

Nano también estaba molesto y con las ropas mojadas por culpa de aquella falsa alarma. Para colmo algunos clientes estaban esperando sus encargos, que Nano había dejado de servir para aquel frustrado salvamento. Cuando regresó al bar, su jefe le reprendió severamente:

—Nano, tu no eres el salvavidas de esta playa, sino el camarero de este bar, y has dejado de cumplir con tu obligación para salvar una joven que seguramente nada mejor que tú. Ve a atender a los clientes y que sea esta la última vez que abandonas tu trabajo.